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Adolescentes mentirosos: por qué mienten y cuándo deben preocuparse los padres

Adolescentes mentirosos

Adolescentes mentirosos

El engaño empieza a ser problemático cuando se utiliza de forma sistemática y suele estar asociado a dificultades de confianza, de relación o del entorno. Un signo de alerta es cuando el menor no diferencia la ficción de la realidad

Carolina García

Hay cosas en la crianza que suceden casi de un día para otro, sin dar tiempo a los padres a entender qué ha cambiado. Y una de ellas es la mentira. Una conducta que suele llegar de la mano de la adolescencia —cuando empieza, al menos, a ser más persistente— y que desconcierta a muchos padres, que hasta hace poco creían que sus hijos, sus criaturas, confiaban plenamente en ellos y les decían siempre la verdad. Y es que, de la nada —o eso perciben los adultos—, los menores empiezan a mentir sobre cosas evidentes o sobre con quién hablan y qué hacen. Todos lo hacen. Pero ¿cuándo es normal y cuándo deberían preocuparse los progenitores?

“La confianza con los padres influye mucho”, relata la psicopedagoga Sonia López Iglesias. “A más diálogo y menos juicios, menos necesidad de mentir que tiene el adolescente. Las mentiras son normales cuando son puntuales, además de poco elaboradas (pequeñas invenciones o excusas rápidas), y suelen ser sobre temas de privacidad, por ejemplo, sobre los amigos, sus gustos, y es normal si la mentira no hace daño serio a otros”, añade. “La mentira en la adolescencia, en una frecuencia determinada y en unos momentos concretos, es parte evolutiva y es una parte natural de esta etapa”, coincide por su parte María Gutiérrez Raposo, psicóloga general sanitaria.

“Nos puede poner en alerta si son frecuentes y elaboradas”, resalta López. “Una mentira patológica es la que no tiene motivo y con ella se pretende manipular, dañar o romper normas importantes en casa”, señala la psicopedagoga. En estos casos, añade, no aparece sentimiento de culpa.

Un estudio de finales de 2025 publicado en la revista Journal of Psychopathology and Behavioral Assessment, titulado Funcionamiento ejecutivo y mentira patológica en la adolescencia: análisis de la prevalencia y la etiología, aporta más luz a las afirmaciones de López. La investigación concluyó que en algunos jóvenes mentir de forma repetida no responde únicamente a una decisión consciente o a una intención de manipular, sino que podría estar vinculada a dificultades para autorregular la conducta y anticipar consecuencias.

“Es muy difícil medir dónde acaba la mentira normal y empieza la patológica. En plan, tres mentiras es normal y cuatro es patológico”, sostiene el psicólogo infantojuvenil Rafa Guerrero. “Empieza a convertirse en problemático cuando la mentira se utiliza de forma sistemática, es decir, cuando se convierte en la primera estrategia que tiene esa persona”, explica. “Incluso hay niños y adolescentes que recurren muchísimo a la mentira —los estudios hablan de una media diaria—, y suele ir asociada a dificultades de confianza, de relación o del propio entorno”, incide. Guerrero añade que llega un punto en el que los padres dejan de diferenciar qué forma parte de la fabulación del niño, qué pertenece al mundo real y cuándo está mintiendo, “y ahí es donde ya hablamos de una señal de alerta”.

“Para considerar una mentira patológica, el adolescente ha tenido que estar mintiendo durante meses y, además, su uso empieza a convertirse en algo compulsivo e incontrolado”, sostiene Gutiérrez. “Un signo importante es cuando el menor empieza a creerse su propia mentira; no tiene autoconciencia ni diferencia la realidad de la ficción. Ahí hablamos de patológico”, advierte la psicóloga.

La mentira como parte del desarrollo

“No son los adolescentes los únicos que empiezan a mentir, sino que la mentira aparece antes, normalmente en la infancia”, añade Josselyn Sevilla, psicóloga general sanitaria especializada en infancia y adolescencia. “Las primeras mentiras son un mecanismo ligado al miedo y a la evitación, para esquivar posibles consecuencias”. Y está muy relacionado con la confianza familiar: “Puede estar vinculado a la falta de confianza con los padres o al temor a que no les crean”, apunta. “Cómo perciben los hijos la cercanía de sus padres y cómo anticipan que van a reaccionar influye directamente en el uso de la mentira”. Y añade que suelen considerarse normales cuando son “puntuales, más viscerales o sobre situaciones cotidianas”, como justificar un retraso o inventar una excusa. El problema aparece cuando “la mentira empieza a utilizarse de forma muy frecuente como herramienta para gestionar la realidad”. “Cuando deja de ser algo puntual y se repite, empieza a automatizarse y a convertirse en una herramienta habitual”, señala.

Los adolescentes suelen mentir también porque es una búsqueda de autonomía, también para evitar castigos, proteger su intimidad o para encajar socialmente en su grupo de iguales”, describe López.

Gutiérrez explica que es importante que los padres entiendan qué motivación hay detrás: “¿Desde dónde me está mintiendo? ¿Cuál es la finalidad? Puede estar relacionado con querer encajar en un grupo o con el sentido de pertenencia. Incluso puede estar motivada para no decepcionar a los seres queridos o por vergüenza”, añade. Entonces, “el menor miente porque sabe que hay expectativas, porque puede evitar consecuencias o porque obtiene un beneficio”, resume Guerrero.

Pautas para padres

“Para abordar la mentira es esencial crear en casa un clima de confianza. Tiene que ser un lugar en el que los padres escuchen sin juicio al adolescente y en el que se consensúen unos límites, unas normas muy claras, y, sobre todo, se establezcan las consecuencias que ese adolescente va a tener si las salta”, sostiene López.

“Yo siempre abogo por un vínculo sano, nos tenemos que relacionar con ellos de una manera sana y ofrecer espacios donde el adolescente pueda, en primer lugar, hablar y, en segundo lugar, decir los errores que ha cometido”, señala por su parte Guerrero. “Además, los padres tenemos que intentar que el menor no se sienta señalado ni acusado porque todos cometemos errores”, continúa el psicólogo.

Gutiérrez, además, incide en lo que conviene evitar: “Hay que intentar evitar un enfado extremo, un juicio excesivo o una crítica abierta, porque esto va a hacer que el adolescente se cierre más”. También recomienda no tomarse la mentira como algo personal y entender el contexto del menor. “Es importante informarse sobre la adolescencia y comprender que la mentira forma parte de este proceso”, señala. La psicóloga apuesta por evitar etiquetas y trabajar desde el acompañamiento: “No decir ‘eres un mentiroso’, sino entender que está teniendo comportamientos en los que está mintiendo”. En este sentido, recomienda establecer consecuencias, pero que sean concretas, inmediatas, proporcionadas y acordes a la situación, “evitando castigos desmedidos”. “Que no perciban que equivocarse es algo catastrófico”, agrega Sevilla, quien además advierte que cuando la mentira se cronifica o se vincula a situaciones de riesgo, como el consumo de sustancias, es recomendable buscar ayuda profesional.

Fuente: https://elpais.com/

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